miércoles, 17 de abril de 2013

Tú deseoso de ser papel, siendo Rafael, sietemesino y con un sueter rojo.

La tarde se estira, como los c h i c l e s,
otra vez, sí.
          Ahora Rafael no está en su ventana, fumando. 
Rafael tiene prisa, por mitad de la calle,
                                                                     va con papeles.
                      Tiene prisa, y no es sietemesino, que el sepa.
No le da tiempo ni a mirar lo que está a su alrededor, anda, más bien aplasta
                         el asfalto con su marcha
izquierda                        derecha
 izquierda.
                  Se siente observado.
Quizás sean los árboles, pero esos son afortunados,
           respiran y piensan a la vez. Le miran, se mueven, danzan con el viento.
Ese viento, que hoy Rafael vio libre,
             y se enamoró.
Vio libre.
              La acera esta repleta de hojas y agua, y en un intento de no interrumpir
ese bonito vals mojado, esa gestación , decide andar por medio de la carretera.
                    en cursiva, con prisa.
En el primer piso oblicuo a él, Agustín sale a su ratito de nada. 
           A ser estatua, inmóvil, a ser menos que un árbol.
A no pensar, solo respirar ( y eso , si no se le olvidaba, claro está)
                       Observa a ese chico con prisa, con papeles y seguramente fuese el mismo chico de la tarde anterior , o el de la semana. Ya no re-cordaba.
                                  Pero este fumaba, el otro no, pero tenía prisa.
Al fin, era un chico con papeles, prisa y un motivo.
                          Para andar , acariciando con los ojos la acera donde caían hojas
que iban a tromparse con el suelo y a gritar al agua que ese sitio era suyo, y ya había bronca.
                    Levanto la mirada, esperando encontrar a aquel melancólico fumador del noveno piso
donde estaba el kiosko.
             Su conocido, con el que compartía la nada, no estaba. 
Pero él le sentía cerca, casi aplastante ,su melancolía ,
              masajeándole las sienes,
quitándole los calcetines y
diciendole que no era el hombre que se consumía por la nostalgia ,ni su cigarro consumido,
si no la nostalgia de Agustín,
                               la que él no quería tener, y le echaba la culpa a su vecino de aire.

Marco sale a la terraza, con café. Ama el café.
                     Es el vicio que le recuerda lo
                                                   leeeeennnntoooo
que pasan las tardes de domingo,
el calor de casa, aunque estuviese asomado a la ventana.
         Le recuerda a la tranquilidad de su hogar, el escrito en cada hoja verde,
esas que una vez eran recogidas por el barrendero nada más inventarse las calles a las seis de la mañana,
él bajaba corriendo de su quinto,
            azotaba a los árboles y hacía que cayesen más.
Y así tener amborsía
               y así contentar al agua ,que no estaría tan sola.
Y así tener hogar.

              Por la calle cruza un chico con prisas, fumando,
   '¡ jodido kamikaze ! Desgastando sus músculos y ahogando a sus pulmones'  
Marco sabía lo que eran las prisas.
Desde pequeño le decían que era impaciente y por eso salió dos meses antes de aquel acogedor
hogar dentro de su madre.     Debe ser
                                    que su médula,
o               el cordón que unía a su Diosa de Java y a él le decía que debía salir,
que su madre, no estaría por mucho allí, pisando hojas y regando plantas.
                 Daba un sorbo de café y le observaba como seguía, ese chico mirando el suelo
como no intentando tropezar, seguir adelante, o
puede             que    mirando su obra de arte,     el vals de las hojas mojadas de las seis de la mañana.
                   qué rebelde.
           El chico desaparece de la vista de ambos, Agustín y Marco,
aún desconocidos de miradas.
               ¿ Pero quién sabe si Marco sabía que ese hombre del jersey rojo, estaba ahí y que existía
y compartían un tormentoso descanso ?
pájaros en la cabeza, mirlos  y golondrinas emigrantes de problemas
                      y                                     nada.

Y que lees esto, te atontas.
       Aturdido , te das cuenta que los papeles,
se han intercambiado.
             Que los lleva ahora Rafael,
que la nostalgia está en Marco, el sietemesino, intentando convivir con él, abrazándole hasta dejar marca de sus dedos en sus hombros.
Y el hombre eterno, de la nada, el del jersey  rojo con pelotillas,
             sigue ahí mirando , pasmado por la monotonía, el frío que ya sabía que iba a hacer
y que el hombre del noveno ahora estuviese en un quinto y hubiese dejado de fumar.
    Pero aún así Agustín también percibía la prisa del chico de los papeles, sabiendo que se muere, y él está ahí pasmado, queriendo ver mirlos o golondrinas.

aturdido. Ellos se cruzan.
    No se mezclan.
Pero tú , yo , él, ellos... y todas las personas gramaticales que están en cuerpos y ojos,
son Rafael, melancólicos.
        son Agustines intentando dejar la mente en blanco y el color para su jersey o las hojas.
Son Marco, sietemesinos con prisas, que anhelan el calor.
              ¿Entonces se cambian los nombres? ¿Se pronuncian de otra manera?
Un papel de Rafael sale volando,
sin que él se fije, pues las hojas le seducían aún habiendo cruzado la calle.
       El papel pasa por delante de los ojos de Marco , que le lleva a mirar
rápidamente preguntándose ¿qué pondrá ese papel? y ¿por qué se va volando ?
   Agustín observa como un papelito chiquito , sube y sube empujado por los vientos, y se pregunta
¿de quién será ese papel? y ¿a dónde va sin preguntar si quiera?

El papel sube, no se exactamente si tiene algo escrito, pero vuela.
Liviano,
 solo,
 escapando,
 huyendo,
                           corriendo.
Sietemesino, nostálgico y puede que sin nada. 
           Vuela, superando los edificios, provocando un deseo de libertad en los tres protagonistas secundarios, ajenos, unos de otros, pero conocidos.
                Vuela, y es golondrina,
el cielo sangra.
             Marco se mete a casa.
Rafael sigue andando , aturullado.
  Agustín mirando.

y Tú siendo una persona gramatical, en distintos ojos, con distinto cuerpo
             pero queriendo superar edificios los domingos a las siete y veinticinco de la tarde.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada